Bendiciones Family,
Gloria al Rey de Reyes y gloria al Señor de Señores. Hermanos y hermanas, entramos en el tercer domingo de Cuaresma. En el Evangelio según San Juan, capítulo 4, nos habla de una mujer que era despreciada por la mayoría de las personas, sino todas. Supuestamente una pecadora que había tenido varios maridos y el que tenía actualmente no era su esposo tampoco. La gente la repudiaba. Por eso ella, la samaritana, iba al pozo de Jacob. Iba sola al mediodía, en el momento más difícil, el momento más caluroso para sacar agua, para llevar un poco de agua a su casa. Esa agua estaba putrefacta, estaba sucia, lo más probable es que apestaba, pero era todo lo que ella tenía.
Pero algo importante había pasado. Jesús, antes de que llegara la mujer, ya se había sentado al borde del pozo, como esperando por ella. Cómo Dios se preocupa de un ser que para los seres humanos es tan miserable como la samaritana. Y, aun así, Dios no solamente se preocupa por cada uno de nosotros, que muchas veces somos miserables porque hacemos lo indebido y vamos en contra de la voluntad de Dios y pecamos.
Pero Dios en Su misericordia infinita, Él que es el Dios de las oportunidades, espera por esta mujer a que venga a sacar agua. Y ahí está Jesús esperándola. Y de pronto Jesús empieza un diálogo con ella. Tenemos que pensar que los samaritanos y los judíos no se hablaban, y menos un hombre hablar con una mujer en público. Y aquella mujer dice: “cómo es que tú me pides a mí de beber y yo soy una mujer, soy samaritana”. Jesús le había pedido agua, agua que estaba en el pozo, agua que tenía quién sabe cuántos gérmenes, polvo del desierto, etcétera. El caso es que Jesús le empieza a hablar a ella de lo que era su propia vida, la vida de la mujer samaritana. Le descubre todo aquello que para ella era algo que guardaba con mucho secreto, sus andanzas en el mundo, sus infidelidades y tantas otras cosas.
Y Jesús le dice: “Si tú supieras quién te está pidiendo agua, tú serías quien me pedirías a mí, y yo te daría agua que saltaría como manantial de vida eterna”. Es decir, agua que te purificaría, te sanaría, te daría la oportunidad de un nuevo comienzo. Te daría no solamente salud física, pero más aún salud espiritual, que es lo que todo ser humano necesita.
Siguieron hablando y la mujer se impresionó tanto con Jesús que optó por dejar el cántaro a la orilla del pozo y se fue corriendo a su pueblecito para decirle a todo el mundo que había encontrado un hombre especial, que lo más probable es que Él era el Mesías. Y la gente fue a verlo; querían saber quién era ese hombre.
Y cuando regresaron le dijeron a la samaritana: “Ahora comprendemos lo que tú nos has dicho, lo que oímos, pero ya no lo creemos por lo que tú nos dijiste, lo creemos porque nosotros fuimos a ver a través de tu Palabra y hemos creído que ese hombre es el Mesías, es el Señor”. Qué hermoso, hermanos, cuando nos dejamos transformar por Jesucristo, cuando dejamos que el agua pura, el agua limpia, el agua cristalina, el agua que da vida en abundancia, que es el mismo Jesús, toque nuestro corazón y nuestra vida toda y nos dejemos transformar por Él.